cap 1.2

Pero no quería remontarme tan lejos. Les resumiré la historia del bisabuelo apuntándoles que, años después y por escasez de fondos provocada por una de las grandes y repetidas crisis que vivió el país, el Hospital de Término cerró sus puertas y los enfermos se distribuyeron, ellos mismos, bien por la selva, bien por la ciudad, sembrando el desconcierto, provocando que las abuelas guardasen los ajuares en lo más profundo de las estancias, que las ventanas estuviesen cerradas y las llaves de las puertas, tantos años olvidadas, se rescatasen de los viejos y chirriantes cajones de la memoria, que los niños jugasen con vigilancia y que los maridos, encontrasen una gran excusa para entablillar la voluntad de sus mujeres.

No. Justo Horacio aprovechó la circunstancia para borrar de un plumazo su pasado sanitario, mezclándose entre los habitantes de Término como uno de aquellos viajeros, venidos de lejos, atraídos por el ansia de aventura y lo exótico de sus gentes. Y pasado aquel primer envite de recelo, las puertas volvieron a abrirse, al igual que las ventanas, y así por las tardes, la brisa fresca de la marea entró de nuevo en los hogares de Término, y los niños jugaron de nuevo en las plazas llevados al atardecer por los abuelos, y las mujeres jamás volvieron a recuperar su libertad.

Aclarado esto y pidiéndoles disculpas (los datos se agolpan en mi memoria como un torrente sibilino), les recuerdo que habíamos dejado a un niño, Horacio, recluido en un desván, a merced, por fortuna, del servicio doméstico que pasó del amor de los primeros años fruto de la compasión hacia el niño, al odio exacerbado por su carácter y por servir de canal para liberar las frustraciones de aquella gente para con sus progenitores, los Bloum, mezclando entre ellos, la sensación de rechazo y el complejo de culpabilidad, cuando la tentación les hacía abandonar su cuidado durante algunas horas, o incluso días. Y es que Horacio, a pesar de la desintoxicación primera, del contacto natural y sincero de sus amas de cría (fueron muchas en un corto intervalo de tiempo), del pecho distinto al de su madre los meses iniciales, heredó, como no podía ser de otro modo, todo aquel sumidero genético vuelto sangre y células, alguna de materia gris, en que se había convertido su linaje.

Comenzó por morder los pezones, cuando salieron los primeros dientes, a las incautas contratadas que amamantaban a sus hijos en sus casas y después al niño en la mansión de los Bloum a cambio de una generosa cantidad de dinero (que después se les hacía en absoluto suficiente). Era aquel desván un derrame de leche, una orgía mamatoria en la que Horacio se veía envuelto, un Vaco de la maternidad y la ternura, un Poseidón de corrientes femeninas demasiado parecido, ya por aquel entonces, en gustos, a su padre.

Después, tras paredes repletas de vómitos y papillas, cuando alcanzó a dar los primeros pasos, gustaba de hacerse pasar por un aparecido vistiendo el traje de boda de su abuela, quizá con tres o cuatro años, y fue eso y no otra circunstancia la que le llevó a descubrir la pornografía de su padre, a la tierna edad de cinco años, y aquel ser diminuto pasó del analfabetismo, a asociar letras y después palabras con los textos explicativos a pie de foto, letras color sepia que explicaban las escenas o ponían, en boca de sus protagonistas, algún pomposo diálogo, y digo pomposo, porque no había nada que decir en aquellas posturas o con tal escasez de vestimenta.

Gustó por aquel entonces, de esconder su mierda y orinar en el quicio de la puerta, haciendo las delicias de las limpiadoras, que se llegaron a guiar por el olor con tal destreza que alguna de ellas acabó a caballo de cacería por los prados y las acequias, cotizadas por su referencia curricular como “trabajadoras de la Casa Bloum”. Evidentemente, semeja imposible y difícilmente comprobable. Coincido con ustedes que lo absurdo de la situación no se daría en condiciones normales, pero deben tener en cuenta que Término no era en absoluto un lugar al uso. Por el contrario, Término se cimentó a partir de un puñado de familias venidas de todas partes, un cesto lleno de agujeros y aire social, repleto de los hijos de aquéllos que no quería en ningún otro lugar, inadaptados, entre la línea del aquí y el para allá, hace ya siglos, quizá milenios, y aunque con el tiempo se fue normalizando la situación interna de la colonia, las ideas surgidas de aquellas mentes preclaras, se instauraron como costumbres en el subconsciente colectivo. Por ponerles un ejemplo, Término contaba con más de doscientos quilómetros de calles, por la tenacidad de sus alcaldes en no hacer que sus habitantes caminasen cuesta arriba, con lo que, tratándose de una ciudad sobre una colina, una persona podía llegar a caminar mediodía antes de cruzar la vía. En tiempos del bisabuelo Justo Horacio, el ayuntamiento decidió construir un dique de abrigo, para proteger a Término de las tempestades, con tan mala fortuna que el recinto cerrado, no permitía la entrada ni salida de ningún barco, y la flota pesquera permaneció amarrada o navegando en unas millas cuadradas durante casi cinco años. Fueron aquellos años, de una infinita escasez de pesca. La biblioteca municipal contó durante lustros, con cuatro pisos sin escaleras, y los operarios que la construyeron, terminaron, con desesperación, descolgándose por sus inmensos ventanales, construyéndoles después, una plaza a los Mártires de la Cultura, dentro de los cuales, se encontraba uno de los primos de Justo Horacio, padre del Horacio que nos ocupa, llamado Justo Horacio a su vez.

Fue sin duda el más célebre alcalde de Término mientras duró su mandato, incluso gobernador de la provincia de Tránsito, el único Bloum con nombre distinto a Horacio.

Teribodas Bloum era un accidente natural, como toda su estirpe, y el tamaño de sus manos y su potente voz arengaba a las masas en sus discursos como un pequeño dictador, y su pequeño bigote que ocultaba su labio leporino, le confería un aire de responsabilidad que llevaba al gentío a cualquier acto electoral. No tenía un gran don de palabra, ni de lenguas tampoco. Ni don alguno en general. Pero el énfasis de sus promesas la hacía atravesar todas las tangentes llegando a conclusiones que él mismo desconocía y no discernía ni su propio entendimiento, causando confusión en el soberano (alguno más ignorante que Teribodas aún) y provocaba una sensación de idea expuesta con tanto tecnicismo que el miedo a figurar como iletrado llevaba al respetable a otorgarle toda la razón.

En todo aquel batiburrillo político no se sentía cómodo el resto de los Bloum. Se les escapaba, sin duda, cualquier situación externa pero, además, la suciedad política había destapado muchas curiosidades e intrigas y el espectáculo público y la chanza fue tal que durante meses, alguno de sus familiares no se atrevió a salir de casa. Como con aquel material era tan difícil no hacer una bola de nieve, que la avalancha los engulló haciendo todavía más complicada una integración que hasta el momento no había existido.

Pero Teribodas salió indemne de todo aquello. Es más, tal era la expectación creada que la gente se agolpaba por ver el fenómeno social, y esto unido a un pequeño error de imprenta en las papeletas de voto (aparecía un “no” delante del nombre del candidato) empujaron a Teribodas por encima de los muros de la marginalidad evitándole la caída en el fango familiar.

Al discurso de investidura fue desnudo por no comprender el matiz de la ceremonia y con la piel de sus testículos rozando el estrado agradeció al fundador de la saga, a su madre Penélope (y prima al mismo tiempo), a todo el electorado por su apoyo y a su familia formada por su hija-prima segunda, su hijo-primo segundo y su mujer-prima carnal, que asistió como consorte, también desnuda al evento. Hubo alguna que otra risa cuando en su discurso habló de rasgarse las vestiduras, caras de asombro cuando invitó a subir a su señora y perplejidad cuando comprobó que no se le ponía prenda alguna, perdiendo para él su sentido la investidura, tomando la llave de la ciudad para atarla, a modo de Adán, delante de sus genitales abandonando con él su mujer el recinto tapada por la bandera local, tomando forma las dos estrellas del emblema allí donde nunca debió aparecer ningún relieve. Su hija e hijo primos se posicionaron uno detrás de cada nalga y juntos caminaron dignamente hacia su casa, dos manzanas más al norte de la casa consistorial, por lo que, si ustedes recuerdan la nota referente al urbanismo de Término comprenderán porqué aquel caluroso y soleado día indujo quemaduras de consideración en las posaderas del alcalde y los muslos de su señora, caso además que se complicó médicamente de tal modo al interactuar los tintes de la bandera con su delicada piel, que durante los años siguientes a cada coito Teribodas aseguró llegar al cielo y tocar las estrellas con las manos. Era aquella mañana de investidura, en toda regla, lo que se entiende por alcanzar el estrellato.

En el caso del alcalde diremos que la fusión del cobre de la llave le confirió a partir de entonces, sumado a un espectacular acabado reflectante, una resistencia amatoria larga como un viaje de vuelta a Ítaca y una extremada conductividad eléctrica.

Con el paso del tiempo, pocas de las obras realizadas por aquel entonces perduraron, muchas de ellas olvidadas con los años y el desusos, como el Estadio de Petanca, y otras arrasadas con las riadas que asolaron Termino años después, las mismas que sorprendieron al alcalde en batín y calzoncillos en el jardín de su casa, arrastrándolo amarrado al mástil de la bandera (que profanada lucía en su jardín) hasta los prostíbulos del puerto donde, descubriendo algo bien diferente a lo que tenía en casa, falleció por agotamiento catorce días después (la expresión “barrio chino” viene de sus rasgados ojos).

La mansión Bloum también contó con una construcción compleja, construcción y reconstrucción ya que fue, por ponerles un ejemplo, el padre de Horacio el que ordenó tirar el balcón de la entrada desde el que cayeron (alguno varias veces en el mismo día para provocar su muerte por magulladuras y cansancio más que por traumatismo, multitud de familiares, al se una ventana que daba a la pequeña terraza situada en la cabecera del Salón de Fiestas, en un principio denominado Salón de Baile hasta que cayeron en la cuenta de que ningún Bloum tenía la capacidad motriz suficiente para danzar o seguir el ritmo de las músicas incluso con un leve movimiento de cejas (los varones de la familia acostumbraban a tener una solamente).

Horacio escuchaba todo aquel bullicio de celebraciones de viernes y sábado desde su presidio, sin entender bien qué era todo aquel jaleo, sin saber siquiera que existía otra vida distinta de aquel desván.

No fue hasta los seis o siete años cuando comenzó a tomar conciencia de la situación , derivado esto de los comentarios del servicio y las palabras padre o madre tomaron un nuevo significado párale, de dejadez y reproche, pero lejos de atormentarlo, aquella ausencia se fue convirtiendo en frialdad hacia todo lo humano, reflejado en el trato que daba y también recibía. No les voy a decir que todo eso excusó la conducta de Horacio, porque por material genético aquello afloraría en el niño tarde o temprano. Al contrario, lo dotó de cierto halo de humanidad que de otro modo no habría tenido, aunque en buena parte ese poso amargo convirtió su mezquindad en sadismo. Estaban asistiendo, sin saberlo, como aseguraría cualquier psicólogo (y así lo haría después el terapeuta de Horacio), al nacimiento de una psicopatía compleja y extraña, pues Horacio a lo largo de su vida fue capaz de aunar en sí dos mundos: lo mejor y lo peor del alma humana.

Publicado en  on Julio 25, 2008 at 10:32 pm Dejar un comentario

Capítulo 1.1

Horacio Bloum nació sin aviso, dos meses antes de la fecha de caducidad de su embarazo.

Llegó fruto de un esfuerzo doméstico de su madre que, incómoda con la ubicación de la cómoda del dormitorio, decidió desplazarla en el espacio sin ayuda de ningún tipo, encontrándose, súbitamente, con un sietemesino entre el galán (que contenía a su vez en su parte superior un calzoncillo de su marido, el señor Bloum, reputado notario con notables problemas de esfínter), la cama, y la carísima tarima de teca, que con tanto amor habían importado de un país al que todavía no habían ido de viaje. La tarima, exclamó al tiempo que llamaba al servicio, para ordenar asear al niño y alimentarlo, pues sus preciosos pechos no debían sufrir con el acto pueril de la mamatoria, cosa que años después y siempre según indicaciones del psiquiatra de Horacio, se convirtió en uno de los mayores traumas y obsesiones de su hijo, después de la masturbación.

Digamos, pues, y aclarando el término segundo del párrafo primero del presente y a su vez primer capítulo, que los Bloum arrastraban astucia genética, derivada de las más inverosímiles inseminaciones entre familiares (aquello les acercaba a las dinastías reales) y la crueldad del azar natural, a la hora de escoger consortes o amantes externos al linaje, a su vez, en extremo inteligentes.

Les decía, recuperando a nuestro protagonista, que Horacio Bloum tuvo un nacer accidentado siguiendo la arraigada tradición de percances domésticos familiares. Ninguna compañía aseguradora quiso tener trato alguno con aquella lamentable familia, y digo lamentable por su situación, en temas de agilidad y destreza, siempre, me refiero, pues en temas económicos, desde la mezcla de Justo Horacio, bisabuelo del chico, con las gentes de Término, los Bloum guardaban el dinero en arcones de madera de tejo, tan ajados por falta de uso algunos, que terminaron, como las escrituras de las propiedades, como mesas de juego o primer combustible, para encender el fuego.

Estuvo los primeros años, hundido en una involuntaria tragicomedia debido a su extrema fealdad, que llevó a sus atormentados padres a recluir a Horacio en el piso superior de la casa, destinado a los recuerdos familiares, los escarceos de su padre con Teresa, la más joven del servicio, los de su madre con Raúl, el exótico jardinero, y a guardar (entre el vestido de novia de la abuela de Horacio y las cartas del Brasil de un familiar que nadie recordó muy nítidamente jamás) la extensa colección de pornografía de la época que, Justo Horacio, padre de Horacio y heredero, entre otras muchas cosas, del nombre familiar, gustaba ojear entre el desayuno y el tentempié del mediodía. Era esa una hora pletórica para el padre de Horacio, por aquella neblina alcohólica en la que se mecía, antes de la inmersión definitiva que suponía el condumio, la copa con los postres y el brandy a media tarde mientras su secretario leía los titulares del periódico, casi siempre atrasado, después de darse cuenta un día, el secretario, de que su señor no prestaba atención alguna y simplemente se dejaba mecer por el ronroneo de la voz. Llegó un día a rescatar un ejemplar impreso en tiempos de la fastuosa guerra civil que asoló con bombardeos la ciudad de Término, diez años antes, y otro día, intercaló el pasaje bíblico de la expulsión del paraíso y las bodas de Canaán introduciendo la noticia como Palestina Corresponsalía, y comprobó con regocijo que la duermevela de su patrón le agasajaba con la posibilidad de insultar, de cuando en cuando, entre párrafo y párrafo, su prácticamente Real Persona, o RP, como le gustaba al servicio llamar a la señora Ágata, mujer de Justo Horacio, traducido en Rotunda Pendenciera o Realísimo Putón.

Estas lecturas las realizaban en la biblioteca, enfrentados dos sofás orejeros enfrente de una chimenea, encendida todo el año, con los calores de Término, tal vez para que Justo Horacio exudase el alcohol, y con un perro de porcelana a tamaño natural, una especie de cruce entre dálmata y tigre albino o quizá cebra (excelente mano la del artista), que observaba la escena con extrema paciencia y dedicación, erguido con el trasero a ras de suelo, con sus taras aquí y allá, bien un trozo de oreja bien la punta del hocico, provocadas en su mayor parte por la destreza de Justo Horacio en el manejo de los vasos anchos y poderosos que llenaba con tan preciado líquido. Solía salir uno de aquella estancia, con diminutos trozos de porcelana clavada en la suela de los zapatos, arañando la tarima al salir, lo que le confería a la habitación un toque de elevada intelectualidad pues parecía que aquélla era la que soportaba mayor tráfico de la casa. Del lado contrario a la puerta, las inmensas cristaleras se abrían para ofrecer desde una elevada colina, las mejores vistas de Término, hasta llegar al puerto, que se tenían en toda la ciudad. Y detrás de la casa, flanqueando la puerta principal, se moría el barrio residencial para dejar paso a la espesura.

Por vía marítima, como no podía ser de otro modo, Justo Horacio Bloum, bisabuelo de Horacio, llegó al puerto de Término, muy distinto ya desde la mansión Bloum, ni como capitán, ni polizón o marinero, sino como integrante de un grupo de pacientes destinados a la unidad psiquiátrica del centro más repudiado (que no reputado, pero sí re putado) de su época, que se encontraba en las selváticas afueras de Término. Un hospital del mismo nombre, que un día había sido blanco como la cal y que ya por aquel entonces, había tomado el vago color de la selva, después de que el calor y la humedad, mezclado con el salitre del mar, comiese sus paredes como una lenta babosa salida de la espesura, y las gaviotas hundiesen sus tejados con el peso de sus ácidos proyectiles, antes de que la vegetación saltase los muros, y los hiciese practicables, convirtiendo a los pacientes en flores de un enorme tiesto, del que no podían salir porque, como plantas, estaban retenidos por las raíces. Tenía aquella institución, como premisa de funcionamiento, la base de que el ser humano cuando se siente preso, no se plantea el hecho de, simplemente, correr hacia la libertad. En realidad, el mismo Término parecía un planeta plano, del que sus habitantes temían salir como ratas empujadas al borde de un abismo.

Publicado en  on Julio 24, 2008 at 1:51 am Dejar un comentario